Comunicar es abrir un escaparate cada mañana, y mostrar tu producto de forma atractiva. Tanto da si hablamos de un artículo de limpieza como de un contenido político. Renunciar a explicar un defecto en la fabricación nunca es conveniente porque lo que se va a inferir es que “el líder no desea mezclar su imagen con el infortunio”.

Evitar un desastre es tarea primordial, pero, cualquier marino sabe que la travesía tiene oleajes que hay que surfear. Sortear las olas, no afrontar las dificultades, es una salida en corto con mucho que perder a la larga. El silencio, la no explicación de un problema hace que el líder pierda la oportunidad que puede surgir de la calamidad.

Citaré cuatro ejemplos de oportunidad en la explicación para un líder ante un desastre, si bien habría muchos más: una, la de dar su propia interpretación de los hechos, pues el espacio que uno no ocupa lo ocupan los demás; dos, la de expresarse en desnudez, lo que refuerza el liderazgo emocional; tres, la de parecer humilde, una cualidad cada vez más al alza en los liderazgos humanistas derivados de la pandemia; cuatro, la de reforzar la imagen de valentía que se le exige a un líder, más en tiempos de incertidumbres y miedos como vivimos.

Por eso, hoy la comunicación se ha vuelto esencial. Nunca debe perderse la oportunidad de explicarse. Porque la cuestión no es tanto decir o no decir, como qué y cómo queremos ser percibidos. Construir un buen mensaje, franco, diáfano, conecta con las personas, sean electores o consumidores, en todos los casos genera sensación de cercanía, de empatía, y por tanto de credibilidad a partir de lo cual la comunicación es eficaz.