50 años de la muerte del dictador

 

 

Gloria Lomana Ser Víctima del machismo es más que un eslogan

Gloria Lomana 25/11/2025

Si tuviera que contarles a los escolares de hoy cómo fue aquel 20N de hace 50 años, les daría ese titular: fue “el día que se encendió el color”. Los españoles eran un pueblo resignado a esperar a que Franco muriera en la cama, ya que cualquier atisbo de protesta seguía siendo clandestina, y la reorganización de la oposición se tejía fuera de nuestras fronteras. 

Veníamos de tiempos en blanco y negro, donde las niñas “calladitas estaban más guapas”; las jóvenes votaban dos años más tarde que ellos y hacían en vez de mili, el servicio social; los chicos hacían mili obligatoria con mamporros incluidos para hacer hombres fuertes, el prototipo de aquellos tiempos en que los hombres-hombres tomaban coñac Soberano, cruzaban la frontera para ver películas porno en Perpiñán, y se casaban con señoras obligatoriamente sumisas. 

Al no tener tanto acceso a la educación y a la vida social, las mujeres eran menos masa crítica. Sabían muchas veces por los maridos que el cambio era libertad, pero esa era una palabra en la que la mayoría no se habían educado. Lo normal era casarse antes de los veinticinco años, de lo contrario “se les pasaba el arroz” en expresión de la época, lo que las condenaba a quedarse “solteronas para vestir santos”. Las que tenían suerte se casaban destinadas a procrear sin anticonceptivos pues no fueron legalizados hasta 1979. Su tarea era cuidar de la familia y la casa, donde el padre de familia tenía derechos civiles superiores a los de ella. La infidelidad de la mujer se castigaba hasta con 6 años de cárcel, dejar la casa por violencia doméstica suponía perder derechos sobre los hijos por “abandono del hogar”. Solo el marido podía denunciar; si él mantenía relaciones extramatrimoniales, no era delito para él. 

Por eso este 20N en que se cumplen 50 años de la vida en color en España, las mujeres deberíamos lucir un inmenso lazo violeta en señal de sororidad. Pensar que entonces una mujer casada no podía viajar o trabajar sin permiso del marido, es inimaginable ahora para cualquiera de nuestros jóvenes. Pero por la memoria histórica, ellos deben saber y todos recordar que, a la muerte del dictador solo una de cada cuatro mujeres trabajaba fuera de casa, y las que lo hacían eran en “tareas femeninas”, como empleadas del hogar, el campo, el sector textil y la confección, el comercio, la enseñanza de educación primaria, la limpieza, la enfermería y los empleos administrativos como secretarias, telefonistas o taquimecanógrafas. Una desigualdad manifiesta pues eran trabajos con sueldos bajos, sin reputación social y con escasa protección. La casa, pues, era el mundo natural de las mujeres; al exterior se asomaron charlando con las vecinas y, a partir de los años 60, viendo televisión. Todo con mucho recato. De hecho, las viudas debían vestir luto o hábitos a lo sumo de color morado penitente. Para los hijos varones seguían siendo salidas profesionales dignas la elección de ser militar o cura, lo que agrandaba la reputación familiar.  

Todo era moral. Y prohibición. En las casas se educaba a los niños a no hablar de política, que únicamente entraba cuando los padres, los varones que no contribuían a tarea doméstica alguna, hacían referencia a la guerra civil. El parte de Radio Nacional de España acompañaba los almuerzos familiares, la televisión se encendía en la noche sintonizando la 1 o el UHF, con programaciones infantiles y musicales que, en Semana Santa se iban a negro, y entrada la década de los 70 se abrieron a emitir películas religiosas. La información de fuera llegaba con cuentagotas y pasada por la censura que lo tocaba todo, por supuesto la prensa nacional del Movimiento revisada por la figura oficial del censor, o la propaganda del Nodo a mayor gloria del Generalísimo que se emitía obligatoriamente en los cines antes de ver una película. Evidentemente en consonancia con todo aquello, las reuniones de más de tres personas fuera del ámbito familiar se consideraban sospechosas, por temor a que fueran subversivas. Con solo dos personas el grupo era ilegal si se reunía con fines políticos, sindicales y culturales no aprobados. ¡Y quien iba a pedir un permiso semejante! La información carcelaria estaba tan cerrada a cal y canto como las propias prisiones. 

En un día como hoy, hace 50 años, esa España oscura difundió la muerte de Franco con un comunicado del presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, lloroso él, lúgubre en el tono, por supuesto en blanco y negro a través de la Televisión Española. El color, por primera vez en la denominada “caja tonta”, llegó con la jura del nuevo jefe del Estado, el Rey Juan Carlos, y se recibió con esperanza silenciosa. Aun así, largas colas de conmovidos españoles circularon por la plaza de Oriente para dar su último adiós al que entonces había sido el Caudillo de España por la gracia de Dios, Generalísimo de los Ejércitos y Salvador de la Nación, descrito por el Régimen como “garante de la unidad nacional, guía providencial y líder indispensable para la grandeza de España”. 

Queridas chicas y chicos, ya os podéis imaginar que desmontar aquello era aspiracional para la mayoría de los españoles que soñaban en grande pero que, crecidos en un régimen opresor, no lo manifestaban en público. Pero como los sueños eran colectivos y durante tantos años se aguardó ese final, muy rápidamente las aspiraciones se fueron cumpliendo. En los primeros meses tras la muerte de Franco ya sonaban canciones maravillosas que no habían estado bien vistas hasta entonces. Miguel Ríos grabó su Himno a la Alegría en 1970 con música de la Novena sinfonía de Beethoven transmitiendo un mensaje universalista de libertad y esperanza; un año después, Serrat, censurado por cantar en catalán, publicó “Mediterráneo”, una canción que no trataba la política, pero que si respiraba emocionalmente libertad y modernidad.  

Así comenzó la Transición, cargada de lenguaje moral y memoria y rescatando las obras hasta entonces clandestinas. L’ estaca de Luis Llach, un tema clandestino hasta la muerte de Franco ,pasó de ser metáfora de la represión a un canturreado himno aspiracional, “si todos tiramos juntos, la estaca acabará cayendo, la opresión es fuerte pero no eterna, la libertad solo llega cuando la gente se une”, canto a la esperanza y la lucha colectiva. Como así fue. Raimon llenó universidades con su “diguem no” en recitales convertidos en actos de libertad colectiva. Aute cantó en ese año 75 “Al alba”, y Jarcha convirtió su “Libertad sin ira” en el primer hit de libertad con la letra más tarareada de aquellos años: “Dicen los viejos que este país necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor. pero yo solo he visto gente que sufre y calla. dolor y miedo. gente que solo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz. libertad, libertad sin ira libertad, guárdate tu miedo y tu ira porque hay libertad, sin ira libertad, y si no la hay sin duda la habrá”. Invito a todos a volverlas a escuchar. Empoderan una barbaridad. 

Así, como un azucarillo en el café, se diluyó lo que el dictador había dejado “atado y bien atado”. Justo es reconocer que en solo un año y gracias a la determinación del nuevo Rey, del Presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda y de la oposición democrática dispuesta a aceptar dialogo con consenso, se desmontó el Movimiento, se avanzó hacia la democracia con una Constitución garantista, se legalizaron colectivos y asociaciones ciudadanas, vecinales, estudiantiles y feministas, se conquistó la libertad de expresión en prensa y en la vida cotidiana, con la aparición de nuevas revisas y medios críticos. Si buscamos símbolos, hay uno muy claro: “el destape” con la proliferación de películas donde las señoras aparecían desnudas en una especie de movimiento pendular tontorrón. Tal era la necesidad de liberar la sexualidad que la aparición en mayo de 1976 de la revista Interviú, con portadas insólitas de “destape” femenino, sirvió de gancho para hacer periodismo de investigación y crítica política en el interior. Los quiscos se convirtieron en todo un símbolo a modo de tenderetes callejeros de libre opinión, donde la gente se arremolinaba para ver las portadas de las recién nacidas revistas políticas como Cambio 16, Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, o las satíricas irreverentes como El Papus o Hermano Lobo. En los institutos reclamábamos manifestaciones y la universidad se convirtió en centro real de debate político. En ese año 76 habían nacido periódicos como El País, Diario 16, Avui o El Pueblo Vasco, y no había joven o mayor que no disfrutara de su lectura y también, por qué no decirlo, de llevarlo bajo el brazo como seña identitaria del nuevo sistema político que se abría. Todos devorábamos las noticias que nos contaban la vuelta desde el exilio de los comunistas, la celebración del primer congreso del PSOE en libertad o las negociaciones para hacer una ley de Reforma Política con la que se dio la puntilla al Régimen en ese año 76. 

Tan rápido, como se cuenta únicamente un año en el que nos instalamos en la Transición, reinaron las lenguas y culturas periféricas, se anclaron movimientos culturales contestatarios y el feminismo caló a partir de la Coordinadora Feminista con charlas sobre derechos reproductivos, igualdad laboral, abolición del delito de adulterio y todos los demás derechos pendientes para las mujeres. La ley del divorcio no llegaría hasta 1981.  

Hoy, 50 años después de aquel 25 N de 1975, conviene abrir los dos libros, el del golpe que situó a Franco durante 40 años en una España reprimida y en blanco y negro, y el libro del color, de la libertad disfrutona y feliz saboreada por todos, también por aquellos que no quisieron poner en valor esta gesta. La Transición se estudió en universidades extranjeras, se imitó por gobiernos que necesitaban avanzar hacia la democracia y se puso de ejemplo para hacer reformas políticas con acuerdo y consensos. Todos querían saber cómo el milagro español había transformado en un tiempo récord la sonrisa de todo un pueblo, donde todos supieron ceder para atender la voluntad de la mayoría sin olvidar a las minorías.  

Hoy, todo lo que gozamos, la libertad que respiramos, la democracia que votamos, la igualdad que demandamos, los derechos que merecemos, todo viene de ahí. Por eso convendría que los escolares lo estudiaran con respeto, para generar la masa crítica que un país democrático necesita. Sin libertad no hay democracia, pero sin opiniones formadas y fundamentadas tampoco. Pongamos pues en valor lo que un pueblo entero, el español, hizo, lo que desde entonces nos ha unido. Para quienes piensan lo contrario les dejo dos frases filosóficas del siglo XIX, tan rotundas que ya son conocidas: una primera sería: “quien no conoce la Historia está condenado a repetirla”, y en esta cadencia de derrota cabe reflexionar sobre esta otra: “la Historia se repite una vez como tragedia y la otra como farsa”. Y ni una cosa ni otra nos merecemos. 

Gloria Lomana es Presidenta del Consejo Asesor de Forbes Women y gran promotora del liderazgo femenino.

 

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