La muerte llega sin avisar. Donde menos te lo esperas. Donde nunca lo imaginas porque nunca antes hubo un accidente ferroviario semejante de la alta velocidad. Cuando regresas relajado de un fin de semana o haces viaje para comenzar la siguiente. Porque la muerte no avisa cuando siega sueños y se lleva vidas. En la noche más oscura de luna nueva como una boca de lobo, junto a un pueblecito tranquilo inesperadamente sobresaltado, entre el campo yermo del mes de enero, en una noche heladora embarrancada en un talud.
Contra todo ello se han estampado las vidas y el futuro de decenas de personas. Entre choque de trenes, amasijos de hierros y gritos de susto o muerte. 𝐄𝐬𝐭𝐚 𝐢𝐦𝐚𝐠𝐞𝐧 𝐬𝐞𝐫á 𝐦𝐢 𝐥𝐮𝐭𝐨, 𝐦𝐢 𝐟𝐨𝐭𝐨 𝐟𝐢𝐣𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐦𝐢 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐞𝐫𝐝𝐨 𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬. 𝐃𝐞𝐬𝐜𝐚𝐧𝐬𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐩𝐚𝐳.
Porque la muerte llega sin avisar 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐱𝐭𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐥𝐮𝐭𝐨 𝐬𝐢𝐧 𝐩𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐚. Aunque a veces si lo haya hecho, con advertencias que no se escucharon. O quizás sí. Cuando llegue la calma, y hayamos despedido a las personas fallecidas, y los heridos se hayan recuperado, deberemos escuchar los avisos que llegaron y otras urgencias de la política en corto nos pudieron tapar.
Quiero ser experta en infraestructuras, vías, máquinas o cableados, para quedarme en paz de que no hubo errores evitables.
Todos querremos y deberemos saber. 𝐏𝐚𝐫𝐚 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐩𝐞𝐫𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐢𝐚𝐧𝐳𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐢𝐝𝐚, 𝐞𝐥 𝐨𝐭𝐫𝐨 𝐠𝐫𝐚𝐧 𝐦𝐚𝐳𝐚𝐳𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐚𝐥 𝐚𝐥𝐦𝐚 𝐡𝐞𝐥𝐚𝐝𝐚 𝐬𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐬𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞𝐝ó, 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚𝐝𝐚, 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐯í𝐚𝐬.
