Tribuna para El Mundo

El feminismo real de Clara Campoamor 

 

La escena se produjo, exactamente, hace 90 años. Dos mujeres se enfrentaron en las Cortes Generales a cuenta de la incorporación del sufragio femenino en la Constitución de la República. Solo había tres diputadas en un hemiciclo dominado masivamente por hombres; eran tiempos en que las mujeres podían ser elegidas, pero aún no podían votar, y en favor de este derecho argumentó la abogada y diputada por Madrid Clara Campoamor, para que las españolas accedieran al sufragio universal como ya sucedía en los países más avanzados del mundo anglosajón. En su discurso, Campoamor apeló al respeto que las mujeres merecían como seres humanos, afeó el atropello de quienes abusaban de una ley hecha por ellos mismos, acusó de clasista a quienes no confiaban en el voto de las mujeres por no tener instrucción. Su alegato de “no cometáis un error histórico que no tendríais nunca bastante tiempo para llorar” consiguió casi cuarenta votos más que los negacionistas.

 

Lo chocante es que entre los diputados que negaron el voto se contaban las otras dos diputadas en Cortes: Victoria Kent y Margarita Nelken, desde la bancada de la izquierda. Kent fue la encargada de defender el “no” al voto femenino porque – argumentó –  dada la baja instrucción de las mujeres, éstas votarían influenciadas por maridos, padres y confesionarios. El argumento literal fue pedir “condicionalidad o aplazamiento” porque “no es cuestión de capacidad, es cuestión de oportunidad para la República”. Oportunidad, lo que hoy traducimos como tacticismo político; las mujeres debían seguir tuteladas porque no sabían votar. Eran histeria y debilidad psicológica para muchos. Terrible memoria histórica.

El éxito del si de la votación permitió votar a las mujeres por primera vez en España en 1933, si bien Campoamor supo lo que era padecer repudio político y social por ello; huyó del republicanismo que no aceptó un vuelco electoral; pasó la vida reivindicando su condición feminista, su alma republicana, demócrata y liberal; murió en el exilio en Suiza, sin reconocimiento alguno del feminismo. A partir de 1977, liquidado el régimen franquista, las mujeres españolas pudieron votar con normalidad, a pesar de lo cual la figura de Campoamor siguió opacada en democracia, no reconocida por la tercera ola del feminismo que pendulaba desde lo ácrata a la gauche divine.

Hasta aquí la Historia. El presente es bien distinto. Afortunadamente, por segunda vez en este año, el Congreso de los Diputados ha rendido homenaje a la diputada sufragista que allanó el camino hacia la igualdad de género en nuestro país; el Presidente del Gobierno coincidiendo con el noventa aniversario del famoso discurso en Cortes, también ha reconocido elogiosamente su legado; la Ministra de Igualdad desde su posición de izquierda radical ha hecho otro tanto, igualando lo conseguido por Campoamor con su imaginario legado. Chocante que en ningún caso haya habido mención expresa a la condición liberal de la sufragista, alistada en las filas del Partido Radical, de derechas, frente el Partido Radical Socialista que negaba la igualdad a las mujeres. Conviene recordar que el adjetivo radical, como incluso sucedió en la tercera ola del feminismo de los sesenta y setenta, apelaba a las primeras acepciones que lo definen: perteneciente o fundamental de raíz. Por eso, llegado a este punto de reencuentro con la Historia, sería oportuna la siguiente reflexión: si por fin desde la izquierda y la derecha se apela a Campoamor, ¿por qué no hacerlo como la mujer liberal que fue? ¿Ello no serviría para la reconciliación de los feminismos de derechas e izquierdas, tan necesaria en nuestros días? Y, en ese caso, ¿no convendría ir a la raíz de la reivindicación que no es otra que allanar el camino hacia la igualdad como valor supremo de los seres humanos, más allá de su género? Reivindicar liberal es hoy, y ha sido siempre, sinónimo de concordia, entendimiento y diálogo. Y, sin embargo, muy al contrario, liberal es el apelativo que se adjunta desde la izquierda, a las feministas que no profesan en sus bancadas, para rebajarles la calidad de su compromiso igualitario. Todavía ante la despedida de la canciller Angela Merkel, la mujer que con determinación y esfuerzo se abrió camino en un mundo de hombres hasta auparse al liderazgo de Europa del siglo XXI, hay quien cuestiona su feminismo. Quienes así piensan con la pretensión de denigrarla son radicales en las siguientes acepciones de la RAE: extremosas, intransigentes.

Hace falta voluntad política y grandeza para unir todas las corrientes de pensamiento y hacerlas converger hasta la igualdad real, que es el camino que esencialmente nos falta por recorrer, una vez que España ha cumplido con el 97.5% de igualdad en las leyes, y únicamente le queda ese 2.5 % para igualarse a países que cumplen al 100%, hasta ahora únicamente diez países en el mundo entre ellos los vecinos Francia y Portugal, según el informe WEF 2021, del Fondo Económico Mundial tras un año de pandemia.

Y ello solo puede hacerse desde el impulso del feminismo oficial. Sería enormemente beneficioso para avanzar en la causa de la igualdad, unir fuerzas, justo ahora que el feminismo de izquierdas está partido en dos y en la derecha la facción extrema lo repudia. Para ello, apelaría a la honestidad y el reconocimiento de la Historia por parte de todos, desde la izquierda para hacer un ejercicio de contrición sobre el discurso moralmente deshonesto que fue el de Victoria Kent; y no vale decir que entonces eran otros tiempos, como se ha afeado a los hombres que han alegado estas razones para disculparse por haber cometido abusos pasados. Conocer y reconocer la Historia nos acerca el abrazo. Por la misma razón, instaría a la derecha a unirse al feminismo sin ambages, sin complejos vergonzantes que cuando asoman nos sonrojan.

No conozco a nadie que siendo demócrata no quiera la igualdad en el mismo plano que la libertad o la fraternidad/sororidad; ni conozco a nadie que, cuando se apela a los derechos de sus hijas, no sea feminista. El feminismo, y vuelvo al diccionario de la R.A.E., es algo tan simple como el “principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Por el contrario, mal vamos, cuando cada feminista necesita definirse además de como tal, con el calificativo añadido de clásica, moderna, liberal, queer, pop, millennial, meanstream o decenas de adjetivaciones que deberían sobrar. El feminismo a secas se eleva por encima de las categorías y las banderías, como gran causa que es de la humanidad .

Por eso, desde la óptica de la igualdad sobre la que se construyeron las democracias liberales, sería muy fácil para todo el mundo condenar a los países autocráticos que consideran a las mujeres ciudadanas de segunda y las aplastan por ley. Desde esa suprema óptica de la igualdad, saldría del alma condenar un régimen talibán que confina a las mujeres en las casas, las tutela por la calle, o las lapida por adúlteras; otro tanto podría decirse de aquellos regímenes que impiden estudiar a las niñas y toleran para ellas matrimonios forzosos. No entiendo que feminismo es el que no condena sin ambages tal brutalidad contra las mujeres y las niñas.

Solo desde el patrimonio sobre el que nos hemos construido, desde nuestros grandes Valores democráticos y liberales que movieron a Campoamor, se actuará con determinación contra quienes abusan de niñas, aunque sean del mismo partido. Desde los grandes Principios, las mujeres no aspirarán a un puesto por ser la pareja de un poderoso, ni dejaremos que nos designen machos alfa. Es momento de volver a las esencias, a la raiz. De lo contrario, acabaremos todas y todos compitiendo por las mejores camisetas de Clara Campoamor, y tardaremos decenios en pasar de las musas al teatro.

5 octubre, 2021

Gloria Lomana, periodista y presidenta de 50&50 GL.